Egipto, paradigma energético

13 de Enero de 2010

Y de muchas cosas más. En Move Your Mind Bio nos hemos tomado unos dí­as de vacaciones, teniendo la suerte de haber ido a visitar fugazmente Egipto. Y digo fugazmente porque este vasto paí­s darí­a para meses, pero con el poco tiempo que habí­a y lo borreguito que uno acaba siendo, me sumé a uno de esos viajes organizados de los que no soy muy amigo, si bien le saqué pocas pegas y casi todo fue bueno.

Y claro que no nos vamos a poner hablar de cómo se hicieron las pirámides ni de lo espectaculares y misteriosas que son todas las construcciones, la mayorí­a en torno al culto de los dioses, el fasto de los faraones y sobre todo la muerte.

De lo que vamos a hablar es de naturaleza y energí­a. Egipto, una de las civilizaciones etiquetada constantemente como “cuna de” o “la primera que”, se ha desarrollado desde sus inicios en torno a esa aguja en un pajar desértico que es el Nilo. Un largo rí­o que ha sido baremo de fertilidad y riqueza, hasta el punto que los impuestos se cobraban en función de su nivel medido en los “nilómentros”, como el de la figura.

El caso es que es increible ver cómo un pequeño gran hilo de agua en la enormidad del desierto ha sido capaz de mantener una civilización durante siglos. Las crecidas del Nilo, que terminaban arrasando pueblos eran celebradas con una fiesta porque significaban bonanza para los próximos meses.

Pero en los dí­as que estamos se produce una contradicción extensible a otros muchos paí­ses. Egipto acoge en gran parte de su pequeña porción de territorio poblado, zonas repletas de miseria.


¿Cómo puede pasar esto en un paí­s que tiene reservas de petróleo y de gas? Podí­amos pensar que El Cairo, que tiene más de 16 millones de habitantes puede llevarse la capacidad energética del paí­s. Pero no es así­. Es cierto que la ciudad presenta un modelo poco sostenible. Millones de coches, cada uno a su aire y sobre todo antiguos. Gastar combustible no es mucho problema en una ciudad muy contaminada, que además acoge infinidad de turistas, alojados en lujosos hoteles, que aunque se empeñen en ofrecer sostenibilidad a sus huespedes reutilizando toallas y sábanas en sus tarjetas, no pegan ni con cola en una ciudad llena de basura y suciedad.


Pero como decí­amos, Egipto tiene excedente enrgético. Tras la construcción de la presa de Asúan, Egipto es capaz de generar mucha energí­a. Además, la falta de financiación de la obra (únicamente apoyada por la URSS), hizo que Egipto nacionalizara el canal de Suez, aumentando los ingresos y permitiendo la construcción de esta gigantesca presa que permite vender electricidad a paí­ses vecinos.

Esto podrí­a apoyarse en gran parte con las energí­as renovable. Me indigna la verdad, no haber visto ni un solo panel solar ni aerogenerador y haber tenido que contemplar multitud de casas sin luz. Indagando en la Red he encontrado alguna noticia que me hace albergar esperanzas de poder imaginar un desierto lleno de sol y viento produciendo energí­a que nos haga olvidarnos de los combustibles fósiles o energí­a limpia en los vecindarios más pobres.

Uno no llega a comprender por qué ocurre esto y se siente extraño y sin saber que hacer, si el turismo ayuda o molesta… eso sí­, no ha conseguido acabar con lo fascinante que me ha parecido la visita, que si algún dí­a me es posible, repetiré.

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